A través de los años hemos aprendido que los riesgos de insalubridad se dan cuando el crecimiento demográfico, el deterioro social y la degradación ambiental se combinan. El bienestar de las personas es que estén sanas en cuerpo y en mente, en comunidad (social) y en un entorno ambiental sostenible. Apoyado en historiadores sobre las plagas que han diezmado a la humanidad en varias ocasiones, sacamos la siguiente regla del pulgar: los virus se multiplican cuando tienen condiciones apropiadas que la humanidad les crea –“son ellos mismos que me jalan a uno y otro lado”.

Esto nos recuerda lo que nos pasó con la roya en Centroamérica. Los cafetales débiles, sobrepoblados y en suelos “cansados” atrajeron a la roya y ésta los arrasó. En correspondencia, su golpe fue mayor en Nicaragua, un poco menor en Honduras, y menor en el resto de países de la región (Mendoza, 2013[1]). Volviendo a las pestes, McNeill (1976[2]) estudia decenas de pestes que a través de los siglos han golpeado a la humanidad; nos dice cómo, por ejemplo, la “peste negra” hizo caer en crisis al sistema feudal, por la escasez de mano de obra, porque la mitad de la población europea murió, y por el desprestigio de las instituciones de entonces.

En este artículo explicamos las condiciones que favorecen al COVID-19 y proponemos modos de enfrentarlo. Lo hacemos más de cara al rol que las organizaciones asociativas (cooperativas, asociaciones, empresas asociativas) podrían desempeñar como el primer cortafuego.

Las condiciones que favorecen al coronavirus

El capitalismo neoliberal –o sea las elites con la pasividad o la impotencia del resto de la humanidad– ha dañado las condiciones naturales, sanitarias y sociales de los países del mundo, condiciones que se volvieron propicias para la expansión de las pestes. Sobre las condiciones naturales, las Naciones Unidas dice que la epidemia “es el reflejo de la degradación ambiental” (Zandonai, 2020)[3]; a más deforestación más explosión de enfermedades virales (Aizen, 2016)[4]; a más monocultivo y agro-business más epidemas (Wallace, 2016)[5]. Sobre lo sanitario, en los últimos 40 años el Estado se redujo en los países y los mercados asumieron el gobierno mundial, incluso en la educación y la salud que en buena medida se privatizaron; en Italia en los últimos 10 años se perdieron 70 mil camas hospitalarias, se cerraron 359 salas y se abandonaron hospitales pequeños (ver informe fundación Ginbe)[6]; hay 3.2 camas por 1 mil habitantes, mientras en Alemania hay 8[7]; en España entre enero y febrero del 2020, en plena expansión del coronavirus, en el sector sanitario 18 mil 320 trabajadores fueron despedidos; un sindicato denunció que el despido es similar a 2013, año de los recortes y políticas de ajuste[8]. Sobre lo social, por más de un siglo el capitalismo nos ha bombardeado para que seamos individualistas y que crezcamos bajo la regla de “yo soy si te quiebro a ti”, “yo me salvaré para ir al cielo” o, como decían en una comunidad rural de Centroamérica, “cuando los precios del café eran buenos, comprábamos una moto o un carro para manejarlo una vez por semana, sin que realmente fuera una necesidad”; un consumismo a costa de endeudarse y una religiosidad celestial contraproducente a la sobreviviencia humana.

Con la peste negra en los años 1347-1353, los ricos se iban a sus casas de campo, y los pobres se quedaban atrapados en las ciudades; allí el Estado les mantenía, aislaba, bloqueaba y les vigilaba (Braudel, 1979[9]). Ahora se predica el miedo por medios digitalizados (facebook, twitter…) y se obliga a las personas a permanecer en sus casas, mientras se cierran las fronteras y los sistemas de salud son sobrepasados. Detrás de esos miedos, el gran capital acecha; Klein (2010[10]) muestra lo que ella llama “el capitalismo del desastre” donde el gran capital, en los últimos 30 años, aprovecha los desastres para desmantelar los restos del Estado de Bienestar e imponer el modelo neoliberal; ese gran capital hoy en día podría estar tomando ventajas para adormecer a nuestras sociedades, desviar nuestra atención de los nefastos efectos del neoliberalismo que atrae al COVID-19 y sentar las bases para acumular a través del despojo; por ejemplo, haciendo que los Estados mejoren el sistema de salud público con recursos de la sociedad para luego privatizarlo en precios irrisorios, empujando leyes que reduzcan o exoneren de impuestos a los ricos y/o condonaciones para el gran capital del agro-business.

El efecto del COVID-19 es, obviamente, diferenciado; en ello nos ayudaría ver la película coreana “Parasite” estrenada en 2019. En esa película una familia pobre encuentra trabajo como sirvientes, tutores y choferes de una familia rica. Esa familia vive en el sótano de una casa, simbólicamente están bajo tierra, pero a través de sus ventanas ven el sol y la calle que sube enfrente; tienen esperanza y visión de salir de la pobreza subiendo al primer piso. Un día, mientras están en la casa de la familia rica, empieza a llover; el niño de la casa saca su carpa (tipi) al jardín para dormir bajo el sonido de la lluvia y sus padres se acuestan en un sofá para estar cerca del niño. La familia pobre, en cambio, sale a su barrio donde la lluvia se vuelve tormenta en perspectiva. Las casas están inundadas, la gente tratando de sacar el agua de sus casas. Para la élite, esa lluvia es como el COVID-19, una simple restricción, el no salir afuera, una molestia; mientras para la clase trabajadora y el campesinado, no es solo su salud, es que sus vidas enteras están en riesgo.

El debate en Europa entre la generación llamada los baby boomers (nacidos luego de la segunda guerra mundial, entre 1946 y 1964) y la generación actual en torno al COVID-19 y el cambio climático, ilustra diferentes perspectivas. El cambio climático, que es parte de las condiciones que facilita al COVID-19, viene con la generación baby boomers, mientras el COVID-19 con la generación actual. La generación actual lucha por proteger a la generación baby boomers (ahora con más de 60 años de edad) quienes son más susceptibles al coronavirus y a la vez son cuestionados por el cambio climático. Gibney (2017[11]) en Estados Unidos los acusa de saquear la economía del país, cortar impuestos e ignorar el cambio climático y heredar a las siguientes generaciones el desorden que crearon.

¿Qué hacemos?

En nuestros países hay más histeria, desinformación, miedo y reverendos que desde hace 2 mil años repiten ante cada desastre que son las señales de los “últimos tiempos”, también vamos desempolvando a la ciencia venerando a los virólogos. Al mismo tiempo hay cierta conciencia para cuestionar a las instituciones del Estado y al gobierno mundial del mercado, hay cierta conciencia de que el COVID-19 puede ser repelido por las acciones humanas coordinadas, igual que centenares de pestes que la humanidad ha enfrentado, sea a través de la solidaridad humana, la inmunidad de rebaño (proteger a los más vulnerables y dejar que se contagie a buen número de la población para frenar el avance del virus[12]), cuarentenas en casas y/o territorios, diagnósticos rápidos…

Ante la crisis de legitimidad de las instituciones y ante el acecho del gran capital, modos de democracia participativa, a través de las organizaciones asociativas, podría hacer diferencia, en particular aquellas organizaciones democráticas, transparentes y que tienen legitimidad social. Esas organizaciones pueden reunir y dar información veraz a su membrecía y a sus comunidades concretas, informar por ejemplo sobre higiene: lavarse las manos con jabón de lavar trastes; evitar llevar la mano a la boca, la naríz y los ojos, lugares por donde el virus entra al sistema respiratorio; predicar calma con el ejemplo. Estas medidas serían el primer cortafuego que impida al coronavirus alcanzar a las personas más vulnerables.

Estas organizaciones y otras instituciones del mundo deben construir el segundo cortafuego al coronavirus y a próximas pestes. Debemos estar alertas para que las respuestas que los gobiernos den al coronavirus no facilite al gran capital acumular a través del despojo, tal como sucedió con la crisis financiera en 2008 cuando el gran capital, a pesar de haber generado la burbuja inmobiliaria dañando al sistema financiero con efectos en la alimentación mundial, recibió cuantiosos recursos de la sociedad, o a como Klein (2010) define “el capitalismo del desastre”. Estar atentos y promover el aumento de impuestos al gran capital que está detrás de las políticas neoliberales, impuestos para mejorar la capacidad del sistema de salud de todos los países; paralelamente las organizaciones asociativas deben mejorar sus propias políticas sociales, como el uso del fondo social que reúnen para enfrentar este tipo de situaciones, en particular cuando las personas empobrecidas se sienten despreciadas por el sistema de salud.

Las organizaciones asociativas y otras instituciones pueden ayudar a reflexionar a la población, de cómo la desigualdad social y ambiental favorece el COVID-19, de cómo las y los trabajadores son importantes para construir diferentes futuros –aquí el tercer cortafuego. Estas organizaciones pueden profundizar la cooperación en las comunidades, promover los sistemas de producción diversificados y ecológicos, provocar cambios en nuestra dieta prefiriendo productos no contaminados por los agroquímicos, generar políticas sociales para enfrentar crisis como el COVID-19. Las organizaciones asociativas también pueden hacer preguntas en lugar de repetir creencias que más bien atraen al COVID-19, ejemplos:

pregunta ¿qué facilita la propagación del virus? versus creencia “Dios va protegerme del COVID-19” (o sea, “Dios va a lavarme las manos”);
pregunta ¿por qué los seguros sociales y hospitales privados desatienden a los pacientes? Versus creencia “solo lo privado garantiza la salud humana”
pregunta ¿qué empleo crean los ricos para los trabajadores confinados en sus casas necesitados de alimento? Versus “los trabajadores son innecesarios”…
pregunta ¿qué agricultura repele las pestes, crea más empleo y ayuda a la humanidad? Versus “a más agroquímicos más alimentos”

Concluyendo

Si la incertidumbre es lo único cierto en nuestras sociedades, nuestra regla debe ser “yo soy si tu eres”. Permanecer en casa, en comunidades, frena en el corto plazo al virus, ayuda a que las familias se unan, reproduzcan la población, contribuye a que la naturaleza se reponga, se frene el cambio climático… Igual que con la peste negra en la edad media, con calma debemos comprender y adaptarnos al COVID-19, cuyos efectos no solo se expresan en pérdida de vidas humanas, también en golpes a la desigualdad social y ambiental.

Las organizaciones asociativas y otras instituciones pueden asumir un rol de liderazgo en las comunidades, en particular con los tres contrafuegos descritos aquí: dar información veraz, evitar que el capitalismo se refuerce y más bien revirtamos las condiciones que crean los virus, y construir futuros diferentes. Los tres contrafuegos son posibles si expresamos solidaridad de mil maneras. McNeill (1976) cuenta que ante la peste negra en la edad media los cristianos cuidaban a los enfermos, “se ayudaban entre sí en épocas de pestilencia” y que de ese modo contenían los efectos de la peste. Evitemos a que el miedo a la muerte nos gobierne; nos dice la doctora Jacqueline Estrada, “el miedo es la emocion que en tiempos de crisis daña más y es lo que hace que se creen estados de histeria y se paralicen las acciones”; recordemos lo que dice SARS a COVID-19 en el relato al inicio del texto: “su propio miedo se alimenta de sus familias”.

Junto con las organizaciones asociativas, sabiendo que COVID-19 es una adversidad, recordemos que “detrás de las adversidades están las oportunidades”. Esforcémonos a ver ese “detrás” y avizorar varios futuros alternativos al neoliberalismo. Ello es posible si además de la regla de “yo soy si tu eres” asumimos que “nosotros somos si las comunidades, donde vivimos y acompañamos, son”.

– René Mendoza Vidaurre, es PhD en estudios del desarrollo, investigador asociado de IOV-Universidad de Amberes y miembro de Coserpross.

– Inti Gabriel Mendoza Estrada estudia su maestría en la Universidad TU Graz de Austria.

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